Saturday, 24 October 2009

En Venecia




Cuando voy de viaje, prefiero llegar a mi destino de noche y dejar que la primera impresión del lugar se moldeé con la imprecisión de la oscuridad y el onirismo de las luces nocturnas. Pero nunca había sido este efecto tan poderoso como al llegar a Venecia al anochecer. Nada te puede preparar para la sensación que produce recorrer el Gran Canal de noche. Es como recorrer una herida abierta, la frontera fluida entre la belleza y la desolación, teñida por las luces oleaginosas que se reflejan en las aguas del canal y el reflejo de éstas sobre los palazzos grandiosos y somnolientos, detrás de cuyas fachadas a uno no le sorprendería si hubiese sólo un vacío. Porque la primera impresión que produce Venecia, al menos así, embozada de nocturnidad, es la de un escenario grandioso, casi increíble, en el que todo cuanto suceda ha de ser puro teatro. Una poderosa sensación de irrealidad se apodera de uno ante su magnífica belleza, y el chapoteo obsceno de las aguas contra los muros de los palacios nos advierte que la ciudad podría con facilidad ser el proscenio ideal para las pesadillas más inquietantes.
Las calles de Venecia son un laberinto en el que hay que perderse para desentrañar sus secretos. Como buenos turistas, nos perdimos al poco de desembarcar en Ca’D’Oro, a pesar del mapa callejero, que se iba a revelar inútil en los próximos días. Nos perderíamos una y otra vez, para encontrarnos, de pronto, en un campo por el que pasábamos a diario, sin saber cómo. Hacia el final de nuestra estancia creímos haber dominado la laberíntica disposición de las calles pero, de vez en cuando, nuestra presunción era desmentida cuando, tras doblar una esquina, nos hallábamos de pronto en una calle desconocida.
Una mañana decidimos levantarnos al alba para pasear por Venecia a una hora que suponíamos libre de turistas. W.D. Howells en su magnífico libro “Vidas Venecianas” cuenta que Venecia nunca le produjo una impresión más profunda que cuando recorrió sus calles al amanecer. Con la primera luz del día (una luz sucia, de neblina raída) caminamos desde Canareggio hasta San Marcos y la decrepitud de la ciudad se nos hizo más evidente que a pleno sol. Paseando por los canales, a esas horas, tuve la vergonzosa sensación de haber sacado de la cama a una anciana aristócrata, que me miraba perpleja, senil y sin maquillaje. Los desconchones en las paredes y la podredumbre en la madera eran como las manchas de la edad en un rostro otrora esplendoroso pero ahora venido a menos. Había, no obstante, un matiz de vitalidad invencible, que emanaba del frescor de las paredes y del olor jabonoso de los canales y la ropa tendida entre las fachadas. Venecia seguía viva. De ello daban constancia los barrenderos, que barrían las calles con enormes escobones de otro tiempo y dejaban arrimados contra las paredes pequeños montones de basura, y los lugareños que paseaban sus perros antes de que las jaurías de turistas tomasen la ciudad como si fuera suya. En los cafés, los parroquianos bebían deprisa cafés diminutos y se despedían de los camareros con premura.
Cuando llegamos a San Marcos la plaza estaba casi desierta. Un grupo de hombres colocaban las pasarelas que cruzan desde la torre del Orologio hasta el palacio ducal, para que los turistas no se mojen los pies con el Acqua alta. Uno de ellos cantaba “no tengo dinero” con desparpajo vocinglero. En las terrazas de los cafés, las mesas y las sillas, primorosamente dispuestas, estaban desocupadas. Los barrenderos barrían con la desgana del final de su jornada y se paraban de tanto en tanto para charlar y hacer aspavientos. Los primeros turistas se parapetaban ya detrás de sus cámaras para capturar los primeros rayos de sol sobre los mosaicos y los reflejos del mármol y el oro en la prodigiosa basílica. Pero nosotros nos dimos prisa en darles la espalda con la arrogancia de quien se cree, no turista, sino dotado de la dignidad del viajero.

Saturday, 3 October 2009

En Granton (2)


El autobús entra en una barriada de casas de tres pisos que adolecen de la funcionalidad barata y fea de los edificios de protección oficial. Las fachadas están desconchadas y los jardines se derraman hacia las aceras. Penachos de hierba surgen en las grietas del cemento, como si los campos fértiles, que hace doscientos años dotaron a esta zona de una agricultura floreciente, pugnasen por salir a la superficie otra vez. En los jardines no hay bancos, la gente se sienta en las escaleras que bajan de la puerta de los portales, flanqueados todos ellos por un par de contenedores de basura. El único adorno se ve en las ventanas. Casi todas exhiben, en sus repisas interiores, figuras de porcelana o un jarrón con flores de plástico, una muestra de la ostentación de todo a cien de la clase trabajadora. De vez en cuando, se ve un hueco en la dentadura podrida de las calles. En la década de los ochenta, Granton sufrió tasas de paro tan elevadas que muchos vecinos se vieron obligados a emigrar, dejando atrás edificios enteros abandonados que el Ayuntamiento acabaría por derribar. Algunos de los edificios abandonados, todavía en pie, tienen las ventanas cegadas con tablones de madera.
Me apeo y no puedo evitar sentir una cierta inquietud al ver el autobús alejarse. Miro a mi alrededor. Un hombre fuma sentado en las escaleras de un portal. En una esquina, un grupo de adolescentes en chándal charla alrededor de un cochecito de bebé. Uno de los chicos, con la cara tapada por la visera de una gorra de béisbol, sujeta a un pitbull de la correa. Una mujer avanza por el asfalto en una silla de ruedas eléctrica sin ser molestada por el tráfico. Los pocos vehículos que se ven están aparcados, como los caballos cansados y polvorientos del salvaje oeste. Camino hacia las únicas tiendas de la zona, que están apelotonadas al final de la calle: un Fish & Chips, un kiosco, una casa de apuestas y un restaurante de comida rápida china. En el kiosco compro una bolsa de patatitas y una botella de Irn-Bru. ¿No eres de por aquí, verdad?, me pregunta la tendera. No, soy español, respondo. Le pregunto si ella es del barrio. Sí, aquí nací, me dice, con cierta desconfianza.
En la calle, un hombre con un perro escuálido sentado entre sus piernas, me mira de lado. ¿Periodista?, me pregunta. Me encojo de hombros para ver si me da más pistas. Te vi interrogando a la tendera, si quieres saber algo de este agujero de mierda, soy tu hombre. Sin negar ni asentir, comienzo a andar y le dejo que me siga. Bob, dice, y me tiende una mano delgada. Sus dedos, como su bigote gris, están manchados de nicotina. Tras las presentaciones, Bob se queda un poco aturdido, y se agacha para acariciar a su perra. Va conmigo a todas partes, dice, no es mi sombra, es mi alma. Atravesamos Granton Square y bajamos hacia el mar. A nuestra derecha queda un desguace en el que las montañas de chatarra ofrecen el único colorido de la zona. Al fondo, un cartel publicitario de Marks&Spencer anuncia lencería masculina. En él, el cuerpo perfecto de un modelo al que no se le ve la cabeza, parece sugerir que ése, con cierto esfuerzo, o con dinero, podrías ser tú.
Llegamos al puerto y ante nosotros se elevan varios edificios de pisos modernos.
- Esta es la idea que tiene el Ayuntamiento de regenerar la zona: plantar pisos de lujo al borde del mar. Dime, ¿qué beneficio supone eso para el barrio?
Bob se queda parado, mirándome con ojos inquisitivos, que brillan de enfado. Luego señala a un cuatro por cuatro que gira en la rotonda, conducido por una mujer y con un niño sentado en una silla en el asiento trasero, y que desaparece a través de la puerta mecánica de uno de los edificios modernos.
- ¿Ves? – me grita Bob, golpeándome el brazo con la mano- No necesitan ni apearse del coche. Vienen en sus coches, que son como tanques, con la maleta llena de cosas que han comprado en el Marks&Spencer, aprietan el botón y se meten en el edificio y beben vino sentados frente a las ventanas que dan al mar.
- A ver, ¿a ti te gusta aquello? – Bob señala la gigantesca estructura metálica y circular de la estación de gas en desuso, que domina la vista al oeste-.
Como siempre que se dirige a mí, me parece que su pregunta tiene trampa. Así que, tras pensármelo un poco, murmuro: sí.
- A mí me parece un insulto a la mirada. Eso me parece. Aun así, no quiero que la demuelan, ¿sabes por qué? Porque necesitamos un recordatorio de la gente de Granton que ha trabajado como un perro durante años. ¿Sabes que en aquí se inauguró el primer ferry para trenes del mundo? ¿Te imaginas la actividad del puerto en aquella época? ¿Sabes que una de las fábricas de coches más antiguas del Reino Unido, está detrás de esa esquina?
Bob abre la lata de cerveza que ha sacado de una bolsa de plástico y le pega un sorbo. Luego la deja sobre el murete del paseo marítimo y se lía un cigarrillo.
- Ahora ya hay parados de tercera generación en este barrio- me dice-. ¿Qué pueden esperar los jóvenes? Esto –dice, levantando la lata de cerveza- y esto –y sacude el cigarrillo todavía apagado-.
Luego, nos quedamos callados. Por encima de nosotros una bandada de gansos forma una uve imperfecta entre graznidos furiosos y cruza el estuario hacia el norte.

Saturday, 26 September 2009

En Granton (1)


Después de dos días de sol, un amago de lo que aquí llaman el “verano indio”, hoy ha amanecido nublado y frío. En la parada de autobús, un par de mujeres hablan del tiempo con la desgana de quien sabe que sus quejas quedarán desatendidas. El autobús, al menos, llega puntual, y mis compañeras se callan, sin otra excusa para quejarse. A su lado, un hombre mayor, vestido con un abrigo cubierto de lamparones y el pelo blanco peinado hacia atrás, le pega tres caladas voraces a su cigarrillo liado y luego otra más, antes de tirarlo para subir al autobús. Todos los asientos de la parte baja están ocupados, así que subo las escaleras y me siento al lado de la ventanilla. Al frente, encima del cristal, una pantalla muestra imágenes del interior del autobús desde distintos ángulos. Debajo, un cartel anuncia: “sistema de circuito cerrado en funcionamiento para su propia seguridad”. Nadie habla y el único sonido es el de la música a todo volumen de los iPODs. Un hombre con barba de tres días y ropa de faena manchada de pintura mira por la ventanilla, aunque sus ojos parecen resbalar por las calles mojadas sin fijarse en nada. El autobús enfila London Road, donde las hojas de los árboles han empezado a amarillear. El otoño ha llegado, sobre todo, quizá, porque es lunes.
En George Street, una de las calles céntricas de Edimburgo, de grandiosa arquitectura georgiana, se bajan la mayoría de los pasajeros. Es la parada donde suelo apearme, pero hoy decido continuar la ruta. Las terrazas de los bares de lujo están vacías y en las tiendas de diseño, a estas horas de la mañana, aún no se ve ningún cliente. El autobús gira hacia Queensferry Road y, en las paradas de esta calle, se sube mucha gente. Observando a mis compañeros de viaje se me ocurre que, si algo tenemos en común, es que todos llevamos mochilas o bolsos. Quizás, a la vez que las sociedades nómadas desaparecen de la faz de la tierra, un nuevo tipo de cazadores-recolectores ha surgido en las ciudades. Mujeres y hombres que recorren las calles, a pie o en transporte público, llevando en las manos o a las espaldas los frutos de su necesidad y su búsqueda: alimento y bebida pero, también, libros, teléfonos, agendas, cepillos de dientes y alguna ganga comprada en las rebajas. Con la casa a cuestas, la de verdad es apenas el lugar donde pasar la noche.
Al cruzar el puente de Dean pierdo el hilo de mis pensamientos. La ciudad se extiende a ambos lados en un conglomerado de piedra y árboles. Al este, se vislumbra el mar, al que la ciudad le da la espalda sin miramientos. La belleza de Edimburgo, incluso en un día como hoy, es incuestionable. Pasado el puente, a la derecha, Buckingham Terrace es una de esas terrazas semicirculares, protegida detrás de un macizo de árboles, en cuyas mansiones vive la clase pudiente. Los amplios ventanales, con las cortinas descorridas, dejan ver interiores suntuosos, chimeneas de marcos ornados, tapices y muebles añejos. Aparcados frente a las mansiones, los coches caros brillan como la capa de los pura sangre en las carreras de Ascot.
Más adelante, el autobús vira a la derecha, en lo que parece un giro caprichoso, pero que quizás obedezca a un calculado propósito de mostrar a quien tenga ojos las vísceras de la ciudad. Dejamos atrás el cementerio de Comely Bank y los modernos edificios del hospital general para descender por Crew Road, una calle en la que comienzan los suburbios, donde abundan los bungaloes diminutos de jardines tan cuidados que parecen los de una maqueta.
Tras atravesar un polígono industrial en el que las naves y los edificios de cristal opacos están rodeados por alambreras electrificadas, el autobús entra en el destino secreto de mi viaje: los para mí desconocidos barrios de Pilton y Granton, famosos por sus altas tasas de criminalidad. Las casas de Pilton, todas iguales, reflejan la arquitectura gris, financiada por el gobierno después de la Segunda Guerra Mundial. Las calles están casi vacías. En el colegio de Royston, un enorme edificio de ladrillos, rodeado por una valla alta, no se ven niños porque hoy no hay escuela. En los muros hay carteles advirtiendo de las cámaras de seguridad. Más adelante, en el patio de otro colegio hay un desvencijado barco de madera para que se suban los niños, que me recuerda a los que se quedaron varados en el Aral. En estas calles no hay tiendas ni bares. Sí se ven varias iglesias, de todas las denominaciones imaginables: presbiterianas, católicas, adventistas del séptimo día, del ejército de salvación… Mientras algunas de ellas están construidas en piedra, otras tienen aspecto prefabricado, como si las hubieran traído en un camión.

Monday, 24 August 2009

Walden


Desde el hall de la galería de arte nos conducen a una de esas salas de teatro improvisadas que abundan en Edimburgo durante los días del Festival. Es una habitación espaciosa y bien iluminada. En el centro hay dos bancos de madera enfrentados formando un óvalo, donde nos invitan a sentarnos. Tras unos minutos, un hombre al que hasta entonces habíamos creído uno más de los miembros del público, empieza a hablar. Lo que dice es tan mío que me resulta extraño y emocionante oírlo en labios de un desconocido: “Me fui a los bosques porque quería vivir a conciencia”. Son las palabras que David Henry Thoreau escribió para mí (y seguro que para muchos otros) en su libro “Walden”.
El 4 de Julio de 1845, a los 28 años de edad, Thoreau dejó su vida pequeño-burguesa y se fue a vivir a orillas del lago de Walden. Con sus manos, y a solas, construyó una cabaña y aró el terreno donde iba a plantar sus famosas alubias. Vivió allí, a conciencia, durante dos años y dos meses, y luego destiló sus experiencias y reflexiones para darnos uno de los libros más hermosos que se han escrito jamás.
La compañía de teatro “Magnetic North” se ha atrevido a poner en escena el “Walden” y su montaje habría impresionado a Thoreau, porque está llevado a cabo con una austeridad que se sostiene exclusivamente en el poder de convicción del texto y la gran fuerza telúrica del único actor. Me da rabia pensar que esta obra va a pasar desapercibida entre el ruido de obras supuestamente vanguardistas y combativas que en el fondo se quedan en un vacuo exhibicionismo. Porque las ideas propuestas en Walden son más relevantes que nunca en estos tiempos que, más que correr, vuelan. Thoreau fue un firme defensor de la simplicidad como modo de vida. A mediados del siglo XIX ya veía en la progresiva industrialización de los Estados Unidos el nacimiento de una absurda obsesión con el tiempo, la productividad y el materialismo, que sólo podía traer ansiedad y el alejamiento de la “buena vida”. Lejos de conformarse con quedarse en la teoría, Thoreau decidió llevar a la práctica su pensamiento y por eso se fue a vivir a los bosques, por eso acabaría en la cárcel. Walden rezuma la sabiduría del que hunde las manos en la tierra del mundo y de su propia alma. Thoreau amaba la soledad. En inglés hay dos palabras para nombrar la soledad: “solitude”, que es esa soledad gozosa, propicia para la contemplación, el auto-conocimiento y la admiración de la naturaleza; y “loneliness”, que es el sentimiento incapacitante y claustrofóbico que experimentamos generalmente cuando estamos rodeados de gente. Para Thoreau la soledad positiva era tan necesaria como el agua y el alimento; es más, era incapaz de concebir la amistad real sin esa soledad deseada como nutriente.
“Walden” me impactó enormemente la primera vez que lo leí, cuando era un solitario adolescente que quemaba su inquietud caminando por los montes. Fue un alivio encontrar una voz amiga que compartía mi pasión por la naturaleza y por una vida más auténtica y menos lastrada por las convenciones. De Thoreau aprendí que no basta con mirar el mundo natural y admirarlo. El escribió con pasión sobre los hechos de la naturaleza pero sabía que, sin dotarlos de un contexto personal, se quedaba en lo meramente descriptivo. “La percepción de la belleza”, escribió, “es un examen moral”. Contemplando el lago helado, el vuelo del halcón y el sonido de la lluvia, Thoreau miraba hacia fuera y escuchaba el eco de dentro. Así aprendió a vivir.

Monday, 6 July 2009

Todas las cosas sin nombre


Siento que mis mejores cuentos son aquellos que aún no he escrito. A menudo me veo reservando la escritura de una historia para más adelante, porque me siento incapaz de estar a la altura de la idea. Hay argumentos, atmósferas y personajes que llevan años viviendo en mi cabeza, esperando el momento en que me sienta capaz de darles vida en la página de manera digna. Una de mis ideas más queridas es un cuento que se titula “Todas las cosas sin nombre” y es la historia de un adolescente que pasa un verano solitario pero lleno de descubrimientos en la casa de campo familiar. Sus días trascurren explorando el monte, el río y los caminos. Con su guía de campo aprende los nombres de cuanto le rodea y decide que quiere estudiar biología y dedicarse a descubrir nuevas especies. Imagino que los que me conocen ya se habrán imaginado que la idea está inspirada en mis veranos en Riosequino, ese lugar del mundo del que nunca me he ido. Todavía me hace sonreír la seriedad con la que mi abuelo bautizó con el nombre de “el laboratorio” al cuarto donde yo guardaba con celo mis “hallazgos” (plumas, huesos, restos de huevos, egragópilas) y donde se apilaban mis guías y cuadernos de campo. Por aquel entonces aprendía los nombres científicos de plantas y animales con la devoción de quien aprende los nombres secretos de su amado.
Hace unos días leí en “The Scientist” que la taxonomía es una ciencia en declive, sobre todo porque los organismos que financian proyectos de investigación cada vez dedican menos fondos a ese campo. La ciencia, que ha avanzado vorazmente hacia la biología molecular (quizás espoleada por el desarrollo de una tecnología que hay que rentabilizar), parece dar la espalda al estudio de campo y la descripción morfológica de nuevas especies. Si Linneo levantara la cabeza…
Según ciertas estimaciones sólo hemos “catalogado” el 6% de las especies del planeta. El resto son especies sin nombre. Muchas de esas especies se han extinguido o se extinguirán sin que nos demos cuenta, como si nunca hubiesen existido. Es por eso que la taxonomía y su titánica tarea son tan imprescindibles: esta ciencia es el lenguaje de la biodiversidad. Si las famosas predicciones de C. Thomas y compañía se cumplen, para el 2050 habrán desaparecido el 37% de las especies de algunas zonas del planeta, debido al cambio climático, pero será una pérdida intangible porque lo que perderemos no ha sido nombrado, y ¿no es esto acaso una pérdida doble?
A veces, como ahora mientras escribo esto, mi pasión por la naturaleza y por la escritura parecen casar perfectamente. La enorme riqueza del mundo (tan estrecho y tan profundo como ese valle en León) y el entrenamiento de la mirada al que invita la naturaleza estimularon, creo yo, el desarrollo de mi imaginación. Y, como le sucede al personaje de ese cuento que no sé si llegaré a escribir, fue el descubrir la fragilidad de los seres y de los vínculos (biológicos y emocionales) lo que me hizo necesario buscar palabras para nombrarlos, escribir frases con las que apuntalar su existencia e historias enteras para lamentar su pérdida.

Monday, 29 June 2009

Mike


Por la noche, mi vecino Mike y yo nos vamos a la cama a la misma hora, aunque él no lo sabe. Ya suelo estar metido entre las sábanas, leyendo, con mi gato Judas a los pies, cuando oigo sus pasos en la habitación del piso de arriba. Desde hace unas semanas, Mike se ha quedado solo. La mujer que vivía con él se ha marchado. Lo sé porque ha desaparecido su coche de la calle y ya no la veo tender la ropa en el jardín de atrás. Y sobre todo porque, por las noches, mientras leo en la cama, no oigo su risa desinhibida y cantarina, mezclada con la más ronca y tímida de Mike. Parecían pasárselo muy bien juntos. Ahora, Mike ha dejado de segar el césped y de sacar la basura los jueves por la noche. Todo lo que sé de él es que se va a la cama con pasos lentos, a eso de las doce.
Esta mañana, de camino a la estación de tren, me encontré con él. Mike es un hombre corpulento, de unos sesenta años. Lleva el cabello espeso peinado hacia atrás y tiene la barba entrecana y una nariz deformada, como un tubérculo. Sus ojos, azules y nublados, son pequeños y siempre están enrojecidos, como con falta de sueño. Mike tiene la cara de quien ha trabajado muchos años a turnos y ha bebido, a temporadas, más de la cuenta. Y tiene voz de fumador, aunque nunca le he visto fumar. Le pregunté qué tal estaba y me dijo que bien. Y no me atreví a preguntarle nada directamente. Luego, me contó que había pasado unos días visitando a su primo. Mi primo es como tú, me dijo, un loco de los animales. Tenía esta perra a la que adoraba. Cuando llegué a su casa estaba disgustado. Acababan de ir al veterinario porque a la perra le fallaban las patas de atrás, algo en las caderas. El veterinario sugirió que usaran un arnés con ruedas, para que la perra se pudiera mover. Fíjate qué locura. Mi primo optó por la eutanasia. Cavamos una tumba para ella en el jardín. La enterró con sus muñecos de goma y, cuando empezamos a echar tierra encima, los muñecos chirriaron y era como si la perra gimiera. Y mi primo se fue y tuve que acabar de enterrarla yo solo.
En la última palabra la voz de Mike se quebró un poco. Rellené el silencio diciendo lo triste que es que se te muera un animal con el que llevas viviendo un tiempo y luego, al ver el tren entrando en la estación, me despedí apresuradamente y salí corriendo.
En el tren, me senté en el lado de la ventanilla y pude ver a Mike, todavía donde le había dejado. Estaba inmóvil, como si no supiera qué hacer con su cuerpo. Luego, lentamente, comenzó a caminar calle abajo.

Saturday, 20 June 2009

De los animales y su risa


Me he pasado los últimos cinco años estudiando el dolor en los animales y no me cabe duda alguna de que los animales sufren de una forma semejante a nosotros. En esto, la mayoría de los científicos me darían la razón, con deshonrosas excepciones. Más difícil es convencerles de que los animales experimentan esas emociones que están en el otro plato de la balanza, sentimientos como la alegría, el placer o la felicidad. La sola mención de estas palabras aplicadas a los animales hace que los científicos se revuelvan incómodos. El estudio de las emociones en los animales se ve complicado por factores conceptuales y prácticos – ¿cómo podemos evaluar lo que es subjetivo por definición? –, pero también debido a los prejuicios: uno no puede estudiar lo que cree que no existe o lo que piensa que no se puede medir-. Charles Darwin en su libro “La expresión de las emociones en los animales y en el hombre” (1872), afirma que las diferencias en las emociones experimentadas por el ser humano y los animales son de grado, pero no de tipo, sugiriendo un continuo evolutivo entre ellos y nosotros. Pero, aunque cualquiera que haya pasado un tiempo observando atentamente a su gato o a su perro no durará de su rica vida emocional, legitimizar las emociones científicamente es arena de otro costal. Se engaña quien crea que la ciencia va siempre por delante.
No obstante, un estudio reciente llevado a cabo en grandes simios ha evaluado una de las expresiones más obvias de la alegría: la risa. Y parece que no nos reímos solos.
Marina Davila-Ross y su equipo se pasaron unos meses haciendo cosquillas a bonobos, chimpancés, gorilas y orangutanes y grabando sus risas para compararlas con las de tres bebés humanos. Los resultados muestran tanto diferencias como semejanzas entre las especies estudiadas. Los bonobos, por ejemplo, son capaces de emitir vocalizaciones más cortas y más rápidas que el resto de los primates no-humanos. Su mayor control de la respiración y las cuerdas vocales es muy parecido al nuestro. Dicho sea, en un aparte, que parece ser que la risa, debido al ejercicio de control vocal que supone, tuvo un papel muy importante en el desarrollo del atributo humano por antonomasia: el lenguaje verbal. Antes de poder hablar, nos reíamos. Parece claro que la función de la risa es la comunicación de una cierta conexión social. Jaak Panksepp, uno de los líderes mundiales en el estudio de las emociones ha estudiado la risa en las ratas de laboratorio. Sí, las ratas también ríen. Panksepp cuenta lo mucho que le ha costado encontrar financiación para sus estudios y publicar sus resultados, debido a los prejuicios de la comunidad científica. Este científico descubrió que cuando las ratas juegan emiten unos ultrasonidos de 50kHz y se pregunto qué pasaría si se les hiciera cosquillas. Y, eureka, las ratas rieron. En cuanto a la función de esa risa, Panksepp cree que es establecer un vínculo social positivo. Al ofrecer a las ratas una mano que les había hecho cosquillas y otra que solamente las había acariciado, elegían aquella que les había hecho reír.
Tanto los detractores como los defensores de la capacidad de los animales de sentir emociones utilizan argumentos evolutivos. Los primeros dicen que sólo el ser humano es lo suficientemente “evolucionado” como para tener emociones, mientras que los últimos dicen que las emociones no pueden haber salido de la nada, con lo cual tienen que estar presentes, aunque no sea de la misma forma, en los animales.
A mí, la verdad, ya me cansa que se mire a los animales como proyectos imperfectos e inacabados y a sus capacidades como a las piezas del Lego con las que se terminaría por construir esa obra maestra de la evolución que es el ser humano. Me parece que, sea lo que sea lo que los animales sienten, es importante para ellos, porque es su única verdad. Su risa significa para ellos lo mismo que la nuestra para nosotros.
Lo alucinante es, y eso parece habérseles escapado a los sesudos científicos, que podemos reírnos juntos.